
La cuarta jornada de la Conferencia de las Partes (COP30), celebrada en Belém, Brasil, estuvo marcada por fuertes manifestaciones sociales, discursos encendidos y llamados a una acción climática real. Miles de activistas ambientales, científicos y representantes de comunidades indígenas marcharon por las calles cercanas al recinto oficial con pancartas que decían “No más promesas vacías” y “El planeta no se negocia”.
El mensaje fue claro: exigen un tratado internacional que ponga fin a la expansión de los combustibles fósiles y que comprometa a las potencias industriales a financiar la transición energética de los países en desarrollo. La tensión aumentó cuando grupos de jóvenes activistas interrumpieron una de las sesiones plenarias, acusando a las delegaciones de estar “más preocupadas por las cifras que por las personas”.
Durante el día, también se celebraron paneles paralelos sobre justicia climática, liderados por organizaciones indígenas de la Amazonía. Ellas denunciaron que la deforestación y la extracción minera en sus territorios avanzan a pesar de las promesas internacionales de protección. “Nos están matando lentamente mientras ustedes negocian con nuestras vidas”, declaró la líder indígena Yakuara Tembé, generando una ovación entre los asistentes.
La presidenta de la cumbre, Marina Silva, pidió calma y reafirmó el compromiso de Brasil con una “transición justa e inclusiva”, aunque reconoció que la meta de limitar el calentamiento a 1,5 °C parece “cada vez más difícil de alcanzar” si no hay cooperación real.
Varios países europeos expresaron apoyo a la propuesta de un “Fondo Global de Adaptación” para comunidades afectadas por el cambio climático, mientras que Estados Unidos y China se mostraron reacios a compromisos financieros adicionales. La falta de consenso deja en suspenso los avances concretos de la cumbre.
Los analistas advierten que la COP30 podría marcar un punto de inflexión histórico: o se logra un acuerdo ambicioso que limite el uso de combustibles fósiles, o se consolida un futuro climático fuera de control. “El planeta está hablando —solo falta que los gobiernos escuchen”, escribió el periodista ambiental James Reynolds en The Guardian.

